PEDAGOGÍAS
ENCONTRADAS, MÁS ALLÁ DEL SUFRIMIENTO.
DEDICATORIA
A los
estudiantes que
día a día nos
permiten
vibrar en sus
espacios
con
sus
imaginarios y
desafíos con y
para la
vida.
La última vez que mi madre me llevó a la escuela,
la tarde era calurosa, húmeda y polvorienta. Yo tenía zapatos de caucho negro
brillante, medias blancas y los enormes deseos de emular a mi hermano, que era
el mejor de clase. Me llevaba apenas cinco o seis años de edad. Pensé que al
fin se me abrirían las puertas de ese establecimiento misterioso y temido, del
cual me hablaron tanto mis amigos y compañeros de juego, como mi madre en su
infinito esfuerzo por hacerme progresar en el conocimiento desde la casa misma
donde habitábamos los siete hermanos y ella como cabeza de familia, por la
muerte de nuestro padre cuando apenas contaba con cuarenta y ocho años de edad.
“La profesora saca los conocimientos hasta por los bolsillos de su
bata”, me dijo mi hermano cuando entré a ese lugar.
“Ellos son las biblias de la escuela, se saben todo y… nunca se les
olvida nada” “Les falta un pelo para ser bibliotecas andantes y dejar de ser
mortales de carne y hueso”. Por eso a nosotros nos obligan a aprendernos todo
de memoria para que le respondamos de manera parecida a lo que ellos ya son en
su vida diaria.
En el camino, cuya distancia entre la casa de la familia y la escuela se podía pasar en menos de tres minutos a buen paso como se acostumbraba decir en este pueblo, recuerdo que mi madre me apretaba la mano como si me fuese a machacar los dedos. Ella caminaba redoblando los pasos, a toda velocidad, mientras yo casi flotaban para corresponderle al afán que nos apremiaba.
Antes de
llegar a la plaza del pueblo quedaba la escuela, a poco de vencer los caminos
de herradura, “camino principal” o “vía principal” orgullo de la comunidad y
eje del progreso comercial de la zona;
mi madre se detuvo de repente, levantó el brazo derecho y, enseñándome
un letrero, dijo: “Ésta es la escuela de VARONES, esa será tu escuela. Se llama
escuela de varones Chamuscados”. Miré el letrero con el rabillo del ojo y sentí
escalofríos, pues sabía que en esta escuela, de paredes de bahareque y pupitres
desvencijados, se castigaba a los desobedientes y se premiaba a los
inteligentes. Yo aún no clasificaba en ninguno de los dos grupos. Una sospecha
surgió en mi cerebro de inmediato ¿Por qué no entendí el letrero que mi madre
leyó con el nombre de la escuela? ¿Acaso no sabía leer como mi madre me había
enseñado y por lo cual se había esforzado en los últimos años?
Cuando entramos a la escuela, mi madre desapareció en el corredor trasero de la misma y yo, estupefacto, quedé bajo el dominio de la profesora MORELIA. Mientras me descuidé mirando los pupitres y la maestra, sentado en el patio de la huerta, con la más profunda nostalgia de haber perdido la libertad, escuchando voces que múltiples y desconocidas para mí aunque los conocía a todos ellos. Mi mente no estaba para ese ambiente. Mi cuerpo y mi alma clamaba por la libertad de niño que había perdido… mi protectora se había ido y, por primera vez, sentí lo que era percibir su ausencia.
Cuando sonó
El nerviosismo
se apoderó de mí. No fui capaz de cumplir la orden impartida. Yo permanecí en
aquel rincón, sin moverme ni hablar, hasta que escuché la voz de mi madre,
quien me tomó de la mano con fuerza descomunal y me encajó en una de las
columnas elaboradas por los estudiantes ante la orden férrea de la profesora.
“Éste es mi
hijo”, le dijo a la maestra, con una sonrisa amplia. La profesora no contestó,
se limitó a bañarme con una mirada fría y a esbozar un rictus de tedio y mal
humor o quizá estaría expresando el génesis de mi propia desesperación.
Allí siempre
se había dicho: “desde el desayuno se conoce el hambre que se va a aguantar en
el día”. Fue la única construcción mental que alcancé a realizar mientras
esperaba la PRIMERA
ORDEN A CUMPLIR”.
Siempre fui emotivo en mis acciones, estuve todo el tiempo bajo la protección materna. Cuando ocupé mi puesto en la formación, me entraron ganas de llorar a gritos; pero como sabía que no podía hacerlo en público, y menos en la escuela, me mantuve con las manos empuñadas con fuerza, los dientes apretados, los labios resecos y una ausencia de oxígeno que me hacía respirar con dificultad. Era el principio del fin para el nivel de vida que siempre había tenido.
Mi madre se
arrimó sobre mi hombro derecho y, acercando sus tibios labios a mi oreja idem,
dijo: “Tienes que respetar a tu profesora como a tu propia madre”. Luego depositó un beso en mi frente,
se volvió y se marchó. La perseguí con la mirada y, antes de que desapareciera
detrás de la puerta, sentí ganas de orinarme. La inhibición se dio porque allí
estaba mi hermano y no quería molestarle la vida, entendiendo que allí había
representantes de otras familias que no nos aceptaban muy gustosas como sus
compañeros.
A tres y
treinta de la tarde, se realizó un acto cívico con todos los niños de primero a
quinto, a todos los atendía la misma profesora. Cinco niños izaron la bandera
por su buen comportamiento y excelencia académica. Yo no podía entender que era
eso. Se inició con el Himno Nacional de la República de Colombia, a veces se cantaba como
era y otras veces se simulaba cantar porque no se conocía la letra a cabalidad.
Luego vinieron
las palabras de la profesora, la cual hacía las veces de Directora. Nuevamente
no entendí nada. Esas palabras no las había escuchado jamás en mi vida.
Recordemos que en la época no había RADIO, no había TELEVISOR en la casa ni en
ninguna del Pueblo, no se conocía lo que era un PERIÓDICO ni una REVISTA.
¿Dónde se iban a escuchar estas palabras tan sofisticadas? NO había luz
eléctrica ni gas. Se cocinaba con leña, se alumbraba con velas o lámparas de
petróleo o de caperuza (a gasolina, para los ricos).
Una vez en el
aula, todos los grupos en el mismo salón,
nos sentamos en los pupitres de dos en dos, grado por grado. La
profesora leyó nuestros nombres en orden alfabético y, al llegar al mío, me
miró a los ojos y preguntó: “¿Tú te llamas Juan o Pedro?”. “Darío”, contesté
con voz quebrada. Ella levantó el bolígrafo a la altura de su nariz y tachó mi
nombre como haciéndome desaparecer del mapa.
Se plantó
frente a nosotros, mirándonos uno por uno, y advirtió: “En esta clase está
prohibido hablar, jugar, pensar y preguntar”.
Al otro día, apenas oí el golpe de la regla sobre la mesa que me sacudió el alma como si el golpe lo hubiese recibido yo, la profesora recogió una tiza en su mano derecha, frotó los dedos y exclamó: “Hoy les presentaré a una señora redonda y con cola. Se llama “a”. Y, mientras la representaba gráficamente en la pizarra, agregó: “Ésta es la primera letra del abecedario español, es decir, el nuestro…”. Nuevamente no entendí nada. ¿Señora… Redonda y… con cola? ¿Que será eso, una adivinanza? Me tocó hacer el ejercicio con otro compañero llamado Walter Pérez, pero ni él ni mucho menos yo, sabíamos que hacer.
La jornada
académica empezaba a las ocho de la mañana hasta las once de la misma. Receso
hasta la una para ir a almorzar. Regreso a la una para estudiar hasta las
cuatro de la tarde. De Lunes a Viernes y, el Sábado, de las ocho hasta las doce
del día. El domingo era obligatorio ir a misa en comunidad, con uniforme,
bañados, bien peinado, en estricto orden y total compostura. Es decir, se
estudiaba TODOS los días del año.
Se dejó una
tarea para realizar y entregar al día siguiente. Pero yo no quise volver a la
escuela. Era demasiado compromiso para mí.
Preferí empezar a realizar mis primeros intentos por aprender a pescar de
manera artesanal, me fugué a cumplir mi sueño de pescar algo por mi propia cuenta.
Solamente conseguí un resfriado por la tormenta que me tocó soportar mientras
regresaba a la casa.
Mi madre me
sirvió la comida sin mencionar nada. Cuando terminé se sentó a mi lado y me
dijo. Allí están las tareas que tiene que hacer para mañana, hágalas que mañana
vuelve a la escuela. Si no quiere ir por sus propios medios yo me encargo de
llevarlo a “fuete ventiao”. No era posible discutir, mi madre era muy buena como
tal pero cuando tomaba una decisión para nuestro beneficio era implacable en su
cumplimiento.
No tuve más
remedio que preparar mis útiles, hacer las tareas, asear el cuerpo, colmarme de
paciencia y tranquilidad y salir para la escuela. Darío pase al frente, así lo
hice. Muéstreme las uñas de las manos, extendí mis manos hacia ella observé que
sus ojos me lanzaban fuego… cochino mire esas u…ñ…a…s y solamente sentí que la
regla se posó en mis manos tres cuatro y cinco veces con una fuerza descomunal.
Me revisó las
orejas, me buscó piojos, me revisó la boca, el cuello, la nariz. Todo muy bien.
Por un momento pensé: ahora si maestra, no va a encontrar por que pegarme más.
De repente me dice: “su pañuelo”. Jamás he usado pañuelo profesora. De nuevo la
regla visitó mis manos de manera contundente. A las once les diré quienes se
quedan castigados hoy. Si profesora, respondieron todos en coro.
Seguramente
que en esa lista estaré yo. ¿Qué le pasará a la profesora conmigo? La disciplina era tan espartana que los
niños, más que niños, éramos soldados en miniatura con la desgracia de no
podernos defender.
Llegaron las
once y no hubo castigados. La tarde fue libre porque había reunión de los
profesores del corregimiento, para tomar decisiones académicas.
Al día siguiente
se supieron las decisiones tomadas: se promovieron los estudiantes de primero
que ya sabían leer y escribir, a segundo; los que ya realizaban operaciones “complejas”:
suma, resta, multiplicación y división a tercero; los que saben las cuatro
operaciones y saben “quebrados” y ciencias a cuarto; y los que saben de todo
pasan a quinto.
Desde el inicio escolar transcurrieron ya varios días, semanas y meses, pero yo no aprendí ni siquiera a diferenciar las vocales de las consonantes en forma racional, todo era memorístico. En cambio mi hermano, en quinto, un chico de origen campesino como yo, con las mismas condiciones ambientales de familia, el mismo afecto, las mismas privaciones y los mismos éxitos, sabía ya leer y escribir de corrido, sabía todas las operaciones matemáticas que la profesora exigía, conocía mucho de ciencias, de Sociales, de Religión y de URBANIDAD, era el MEJOR de todos los cinco cursos que nos apretujábamos en el mismo salón. Nuestro padre había trabajado en la galería del interior de la mina de NORIZAL y otras veces en
Además, me
defendía de la agresión de los mayores y sufría conmigo los rigores de la
ignorancia frente al dominio del conocimiento de Doña MORELIA. Se llamaba
Walter. Los dos solíamos jugar en los recreos. Intercambiábamos las naranjas y
otras frutas silvestres que llevábamos para los RECREOS. Ambos éramos aburridos
y nunca reíamos a carcajadas, no teníamos por qué hacerlo. La escuela no nos
compensaba el esfuerzo realizado con conocimientos nuevos, solamente nos
sustraía la libertad campesina que siempre estuvo con nosotros. Eso de las
carcajadas era una suerte de privilegio reservado sólo para los niños felices,
aquellos que para la profesora eran buenos e inteligentes. Nosotros éramos otra
cosa: los burros, los castigados, los oprimidos, los golpeados. La alegría la
teníamos oculta en algún recóndito lugar de nuestro ser. No hablábamos en voz
alta ni nos oponíamos al autoritarismo de los adultos. Ya entonces estuvimos
acostumbrados a la pedagogía del silencio, a la pedagogía de la opresión, a la
pedagogía de sangre, a la pedagogía autoritaria, a la pedagogía del odio.
Todavía recuerdo el día en que Walter y yo llegamos atrasados a la escuela por jugar con las canicas y los trompos en la plaza principal. La maestra abrió la puerta y nos propinó un coscorrón a cada uno y nos encimó un par de fuetazos con uno de mimbre de la “nueva ola”. Próximos a nuestra aula nos persignamos escupiendo tres veces al suelo, pero esta creencia popular no dio resultado, pues apenas cruzamos la puerta, la profesora nos tomó por las orejas sacudiéndonos en el aire. Luego ordenó: las manos y la regla volvió a sonar en el aula en su violento viaje hacia nuestra carne. Todos los demás permanecieron en silencio. Nadie nos defendió. Allí nosotros habíamos perdido la condición humana: al no tener la capacidad de raciocinio o pensamiento, perdimos también nuestros derechos como humanos, como niños. Hasta el señor Sacerdote nos oprimía.
Cuando nos liberó, sentí que un hilo de sangre corría por mi cuello y mis manos. Que un sudor frío me empapaba el cuerpo. De mis ojos querían brotar lágrimas y de mis labios improperios, y, sin proponérmelo, dejé caer la mirada en el instante en que la profesora me dio un revés que ardió en mi cara. Seguidamente me dio un empellón y me arrinconó contra la pared, donde me puso de rodillas sobre tres granos de maíz en cada rodilla. A Walter lo puso de rodillas, los brazos en alto y seis libros apilados sobre cada una de las manos. En esta posición nos mantuvimos hasta la hora de salida a almorzar. El cambio para la tarde fue mínimo, los libros por sendas piedras.
En todo el
semestre las acciones fueron las mismas, los personajes los mismos, la
torturadora, la misma. Los resultados fueron los mismos. Ningún adelanto en el
aprendizaje, niveles de superación estacionarios, cerebros que lentamente se
iban anquilosando y con tendencia a desaparecer en los sembrados de las fincas.
Diariamente llevábamos las “cartas de recomendación” de la maestra en las
cuales insinuaba que no perdieran tiempo conmigo. No hay NADA rescatable en él, es IGNORANTE
por naturaleza. Su mayor utilidad la podría encontrar en la generación de
riqueza trabajando en una finca.
Desde entonces fueron mayores mis deseos de no regresar a la escuela, y aunque me sentía desdibujado y oprimido, un niño ni muy bueno ni muy malo, jamás se me ocurrió la idea de ser un niño obediente para luego convertirme en un niño de verdad. Mi cerebro aún se resistía a madurar, no funcionaba como quería la profesora que lo hiciera. No guardaba nada de información. No entendía lo leído. Me quedaban grandes dudas si yo era humano o si no lo era. Lo que yo quería era morirme y no volver a ver la figura de mi profesora MORELIA.
Cada vez que me acosaba, la idea de no ir a la escuela me acompañaba hasta dormirme, no sabía cómo explicarle a mi madre. Sabía que no me iba a entender. Entonces tramaba planes entre el silencio y el desvelo, simulando estar enfermo o dormido; pero mi madre, conocedora de mis manías, me levantaba de un grito y me daba unas pastillitas que me provocaban náuseas. Frustrados mis planes, salía de casa golpeando las puertas, pateando las piedras, maldiciendo a mi profesora y pensando que la escuela había sido el peor invento del hombre.
Un día en que
el sol se mostró en un cielo teñido de rojo sangre, arreboles en nuestro
lenguaje coloquial, me enteré que Walter se marchó al campo a cultivar la
tierra de sus padres, a oír el ladrido de los perros y el mugido de las vacas,
bien en la finca del pueblo o en la otra de “San Benigno”. De pronto sentí su
ausencia en el alma y una sombra de tristeza cubrió mis ojos. Avancé cabizbajo
y me dejé caer sobre el banco vacío y frío. Y, mientras recordaba los mejores
momentos que pasé con Walter, la profesora me extendió un libro mal
encuadernado y sin láminas a colores. El libro era tan grande y pesado, que
había que asentarlo sobre el pupitre para hojearlo.
La profesora
me miró con los ojos grandes y negros, negrísimos, y me ordenó leer una fábula
de Esopo. Me puse de pie, sintiendo un nudo en la garganta y, al término de un
instante de rigidez que me trepó por los huesos, empecé a leer el título
deletreando. La profesora, parada a mis espaldas y leyendo el texto por encima
de mi hombro, me preguntó ya ENFURECIDA:
“¿No sabes leer o no quieres leer?”. Me restregué los ojos con el dorso de la
mano y volví a clavar la mirada en esa sopa de letras. Pero en el tercero o
cuarto verso concluí que no entendía el léxico, la sintaxis ni la moraleja.
Al comprobar que no comprendía mi propia lectura, a pesar de escuchar mi voz, me dio la impresión de que aún no sabía leer. Por lo tanto, acosado por la angustia y la frustración, empecé a tartamudear y gimotear. La profesora, cuya severidad era admirada por los padres, hizo estallar un SONORO GOLPE en mi boca. El dolor fue tan intenso que, apenas me chocó su mano, sentí como si me arrancara la cabeza de RAÍZ. La sangre fluía de mis labios, mientras yo permanecía RÍGIDO, como acostumbrado a mantenerme inmóvil para recibir un golpe. Me CHUPÉ los mocos, DEGLUTÍ un amago de saliva y las LÁGRIMAS, que no se hicieron esperar, inundaron mis ojos. Pero la profesora, que mantenía la mano alzada ante un rayo que se filtraba por la ventana iluminando las motas de polvo, me siguió obligando a leer, como si con esa TORTURA FÍSICA y PSÍQUICA complaciera su SADISMO.
Creo que desde ese día descubrí la existencia en mí de un severo trauma contra la lectura. Intuí que todos los libros estaban escritos por extraterrestres y no propiamente para terrícolas. No alcanzaba a entender por qué los niños teníamos que estar en estos problemas si jugar es tan atractivo, relajante, gratificante y, por qué no, educativo y funcional. A veces miraba a mis compañeros que “sabían estudiar”, entre ellos mi hermano. Siempre los asocie con personas extrañas que eran capaces de hacer lo que nosotros ni siquiera entendíamos. Esto no era para niños que no piensan. ¿Por qué? ese tal ESOPO ponía a hablar los animales y nosotros que éramos humanos no teníamos la capacidad de hacerlo por el pánico que infundía en nosotros la profesora. Entre otras cosas ¿para qué existió Esopo? Sin embargo, mi otro yo, sumado al SUPERYO que era mi madre, estaba dentro de mí, pero tan tan adentro, que era casi imperceptible pero, periódicamente, me decía que debía aprender a leer, a operar con los números aun no estando motivado para hacerlo. Mi madre se encargó de mantener esa llamita, tenue, pero continua a través del tiempo.
Lo extraño es
que yo sabía ya leer un poco, sabía las tablas hasta el 10 inicialmente y
luego, fisgoneando a mi hermano, fui aprendiendo algunos principios. Con un
grave error todo era memorístico y lo hacía en estricto silencio conmigo mismo.
Recuerdo
también que, la primera vez que no hice los ejercicios de matemáticas, la
profesora me preguntó la tabla de multiplicar y yo quise que la tierra me
tragara, pues en lugar de contestar una cosa, contestaba otra. Así que ella
introdujo sus dedotes índices en mi boca y me estiró la comisura de los labios
hasta las orejas. Luego murmuró en un lenguaje entre agresivo, burlesco e
irónico “Corré y dile a tu madre que, en vez de tener un hijo, lo que tuvo fue
un animal, un burro”, dijo mientras me sacudía violentamente, como a un pez
cogido por el anzuelo.
Otro día me sorprendió haciendo su caricatura sobre un papel cuadriculado, me miró seria, me dio con la regla en la cabeza y dijo: “Desde mañana haz de cuenta que no existes”. Rompió su caricatura delante de mis ojos, y ese dibujante que había en mí, murió a poco de haber nacido. Jamás volví a dibujar. Todavía siento el fantasma de su presencia. Ese día ella se sentó en la silla, redactó una nota, dobló la hoja y agregó: “Este regalito es para tu madre, para que te de un saludito hoy”.
Al regresar a
casa, tenía alucinaciones audiovisuales, veía la imagen de la profesora y oía
sus palabras en todas partes. Fue entonces cuando perdí las ganas de seguir
siendo niño. No quería ser como tanta gente que no es capaz de leer ni de
escribir su nombre, analfabeta toda la vida, sino un hombre hecho y derecho,
formado en la academia, para salvarme de los castigos habidos y por haber.
Leía el
letrero del peluquero que vivía cerca de la casa, las carteleras de la escuela,
algunas hojas escritas que llegaban a mis manos también las leía con fluidez,
pero cero entendimiento. Y cuando escribía, parecía que las palabras descendían
de mi cerebro, pero se quedaban enredadas en alguna parte cuando veía la figura
de la profesora o, simplemente, escuchaba su temible voz.
Pero eso sí,
con mi madre y hermano siempre fui capaz de hacerlo con buena fluidez para el
grado en que me encontraba. Algún lunes de tantos que trae el mes de mayo, la
profesora no llegó. Los buenos estudiantes se fueron a ver que sucedía y la
encontraron enferma en su casa. Tenía una enfermedad muy grave.
Mi primera
intención fue rezar una y otra vez para que me dejara descansar siquiera unos
días de sus maltratos de toda índole. Esa semana no hubo clase. Ella fue
trasladada a la cabecera municipal para recibir atención médica de medio nivel.
Pasó la otra
semana y no hubo recuperación. Mientras tanto yo, en todas las misas que me
correspondía asistir al sacerdote, como MONAGUILLO
o ACÓLITO, en mi región, siempre pedí que no se recuperara más por defensa
personal que por algún tipo de odio contra ella.
Pasaron los
días y no volvió la maestra MORELIA
al caserío de VILLA FÁTIMA.
¿Quién será la
persona que la va a reemplazar?
Al fin la
noticia llegó. El reemplazo de la profesora MORELIA será la profesora de la escuela de niñas Doña TERESITA MONTOYA.
De nuevo se
posesionó de mí la incertidumbre sobre el rol que me tocaría cumplir en esta
nueva etapa de la vida. Mis espaldas estaban descansadas, mi columna se portaba
bien, ya no dolía. Mis rodillas ya estaban en buen estado y, por extensión,
creo que la circulación de las manos está en buen tono puesto que desde que la
antigua profesora se fue pueden permanecer en posición anatómica, posición en
la cual ningún órgano se cansa ni duele, en condiciones normales.
Llegó el
primer día de clase con TERESITA. La
jornada transcurrió tranquila, sin ningún asomo de las conductas agresivas de
la docente del pasado. A las 11am se terminó la primera jornada y se escuchó
algo que no quería volver a escuchar más. Darío se queda un momento, POR FAVOR. Otro castigo. Mi cerebro se
volvió a congelar. Solamente alcancé a pensar. Ella dijo ¡POR FAVOR! Tiene que ser diferente.
Los demás se
fueron, entre ellos mi hermano Heriberto. Aquí hay mucha información negativa
contra usted, ¿qué es lo que le pasa? Doña Teresita casi no soy capaz de leer
cuando estoy frente a mis compañeros y vigilado por la profesora. Con mi madre
leo bien aunque no entiendo mayor cosa de lo que tengo que hacer si se trata de
cosas que deba leer en los libros de la profesora. En otros libros sí.
Bueno. Te vas
a ir a almorzar rápidamente y regresas a la escuela de niñas para que empecemos
tu nivelación con los demás. Así lo hice y, en menos de un mes, estaba
entendiendo perfectamente lo que leía. Disfrutaba ira a la escuela y buscaba la
manera de quedarme mucho tiempo allí, ayudándole a Doña Teresita en otras
labores como era la huerta o cuidar a los demás niños. Les escribía las
lecciones o resúmenes en el tablero y ellos lo escribían textualmente en sus
cuadernos para luego estudiarlos y memorizarlo. Siempre, en esta nueva etapa y
con la nueva pedagogía empleada por Doña Teresita, fui tratado como un ser
humano que tiene derechos, que tiene deberes y obligaciones que cumplir. Esta
nueva forma de enseñar, auque fuera el mismo contenido, hizo el milagro que yo
había estado esperando durante más de seis largos meses: SABER LEER Y ESCRIBIR CORRECTAMENTE. Jamás me detuve a pensar cómo
aprendí a leer, si fue por inducción o deducción, con método sintético o
analítico. Lo único que recuerdo es que esos pequeños signos se fueron grabando
en mi memoria. Después aprendí la fonética y fonología de cada grafema,
encadené las letras en sílabas y las sílabas en palabras. Las palabras en frases
y oraciones. Estas en párrafos y escritos más largos. Era como si mi cerebro
acumulara palabras y las organizara en una cadena con coherencia. A pesar de
esto, cada vez que la profesora me llamaba a leer en voz alta, delante de mis
compañeros de miradas atónitas, me subía el rubor a la cara y pronunciaba las
palabras atropelladamente, como si arrojara pedradas por la boca. Luego me
normalicé. De un día para otro el milagro operó en forma definitiva… TERESITA MONTOYA… Dios te bendiga donde
quiera que estés.
Darío de Jesús
Rodríguez Zapata, una de tus grandes obras como ¡MAESTRA!
Institución
Educativa San Juan Bautista de la Salle.
Rector.
Medellín, abril
16 de 2010.